Trastornos del movimiento

Los trastornos del movimiento son enfermedades neurológicas que alteran la forma en que el cuerpo se mueve: pueden causar temblores, sacudidas, rigidez o movimientos más lentos. La enfermedad de Parkinson es el ejemplo más conocido, pero existen muchos otros tipos.

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¿Qué es?

Los trastornos del movimiento son un grupo de enfermedades del sistema nervioso que afectan la manera en que controlamos el cuerpo. Pueden provocar movimientos de más —como temblores o sacudidas— o, al contrario, hacer que los movimientos se vuelvan lentos y difíciles. Incluso actividades cotidianas como escribir o caminar pueden verse afectadas.

En términos generales se agrupan en tres tipos: los que generan movimiento excesivo, los que reducen el movimiento voluntario y los que producen movimientos anormales e involuntarios.

La enfermedad de Parkinson es uno de los trastornos del movimiento más comunes. Otros ejemplos son el temblor esencial, la distonía, el síndrome de Tourette, el síndrome de piernas inquietas y la espasticidad.

Síntomas y señales de alerta

Los síntomas dependen del tipo de trastorno, pero entre los más frecuentes están:

  • Temblor: un movimiento rítmico e involuntario que sacude las manos, los brazos, las piernas, la cabeza o la voz
  • Sacudidas o tics, que a veces surgen ante ruidos fuertes o dolor
  • Espasmos o contracciones musculares, como una mano que se cierra o un pie que se tuerce
  • Rigidez y lentitud para moverse
  • Dificultad o cambios en la forma de caminar

Cuando estos síntomas aparecen o se hacen más notorios, conviene una valoración para conocer su origen.

Factores de riesgo

Las causas son variadas e incluyen condiciones genéticas, lesiones traumáticas, enfermedades del sistema nervioso, infecciones y efectos secundarios de algunos medicamentos. Además, ciertos factores aumentan el riesgo:

  • La edad: el riesgo crece conforme pasan los años
  • Antecedentes de enfermedad vascular cerebral
  • Presión arterial alta
  • Diabetes

¿Cómo se diagnostica?

El diagnóstico parte de la historia clínica y de una exploración neurológica cuidadosa, en la que el médico revisa la fuerza, los reflejos y la forma de caminar. A partir de ahí pueden solicitarse análisis de sangre y otros estudios.

Los estudios de imagen tienen un papel muy valioso: por sí solos no siempre dan el diagnóstico definitivo, pero ayudan a aclarar los hallazgos y, sobre todo, a descartar otras causas.

  • Resonancia magnética de cráneo: ofrece imágenes muy detalladas del cerebro y puede mostrar alteraciones relacionadas con el trastorno, como la pérdida de volumen (atrofia) en ciertas zonas.
  • Tomografía computarizada de cráneo: útil para descartar un coágulo o un sangrado dentro del cerebro.
  • Angiotomografía y angiorresonancia: evalúan los vasos que llevan sangre al cerebro, ya que algunos síntomas pueden confundirse con los de un evento vascular cerebral.

Como radiólogo, mi aporte es interpretar estas imágenes con detalle para que el neurólogo arme el diagnóstico con la mayor certeza posible.

¿Cómo se trata?

El tratamiento depende por completo de la causa de fondo. En algunos casos, sobre todo cuando los síntomas son leves, la mejor opción es la vigilancia y el seguimiento.

Cuando se requiere tratamiento, existen distintos medicamentos que ayudan a reducir los temblores, los espasmos o la rigidez. En situaciones seleccionadas, la estimulación cerebral profunda —un dispositivo que envía impulsos eléctricos a zonas específicas del cerebro— puede disminuir los movimientos involuntarios. También se estudian técnicas más nuevas guiadas por imagen.

Lo importante es que cada plan se ajusta a la persona y al tipo de trastorno, siempre de la mano del neurólogo.

Esta información es de carácter educativo y no sustituye la consulta médica. Cada caso es distinto: si tienes síntomas o dudas, acude con tu médico para una valoración personalizada.

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